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Nicolás, descendiente de Nicholas Heilig nos abre las páginas de su diario..

Parece que el verano fue ayer, y de repente es Navidad y vuelvo a Madrid.

Volando hacia Barajas, ya hago memoria de lo sucedido desde las navidades pasadas: los primeros meses en París, el viaje a Londres con los chicos, el verano en Fuerteventura…

Y casi sin enterarme ha llegado el momento de volver a casa por Navidad, de volver a ver el árbol en la Puerta del Sol, las riadas de gente caminado por la Gran Vía, desayunar mirando al Retiro, y reunirnos todos en casa de la abuela Isabel.

Lo mejor de volver a Madrid en Navidad es poder ver a todo el mundo, y cuando digo “todo el mundo” es porque eso es lo que le contesto a mi madre cuando me pregunta con quién he quedado. Y así es, poco a poco, todos van apareciendo para tomar unas cañas en el bar de siempre en Chamberí.

De la pandilla, unos cuantos estamos fuera, pero todos volvemos a casa por Navidad, y allí entre tapas y vermú nos ponemos al día de lo sucedido en los últimos doce meses. Las fechas de boda se cruzan con alguna ruptura, y dos nos anuncian un bebé para el 2018. Víctor cambia de trabajo, Pablo no sabe si volver a estudiar, y Dani y yo, seguimos como siempre. Y allí nos quedamos hasta que mi Heilig me muestra que casi es la hora de cenar, y todos debemos volver al redil familiar.

Nunca tengo claro si en todas las familias pasa igual en Nochebuena, pero en la mía siempre hay comida para el doble de personas de las que vamos a cenar, y eso que somos “solo diecisiete” como dice mi abuela.

Por suerte juntarme con los primos españoles es como volver a ser niño. Aunque ahora tenemos un grupo de WhatsApp en el que nos vamos contando la vida entre memes, vídeos y fotos absurdas (Enrique y Roberto se empeñan en mandar tonterías, inasequibles al desaliento), cuando éramos pequeños, la Nochebuena era “el momento” para vernos, jugar, pelearnos y planear como iba a ser el verano en el que volvíamos a compartir tiempo y espacio en la casa familiar de Fuentedecantos.

Ahora ya adultos todos, y con miembros de la siguiente generación, el reencuentro sigue teniendo el mismo encanto, como si la tecnología no hiciera nada por acercarnos, y necesitáramos esta noche del año para abrazarnos, hablar, escuchar nuestras historias y sentir que somos familia.

 

Feliz Navidad.

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